En octubre de 2025, el gobierno del Estado de México autorizó el aumento a la tarifa mínima del transporte público, que pasó de 12 a 14 pesos para los primeros 5 kilómetros de recorrido.
La medida fue presentada como parte de una estrategia para mejorar el servicio, modernizar unidades y dignificar las condiciones de operación del sector. Sin embargo, casi un año después, en pleno 2026, miles de usuarios de Ciudad Nezahualcóyotl enfrentan exactamente los mismos problemas: unidades deterioradas, tiempos excesivos de traslado, inseguridad, saturación vial y operadores que compiten por el pasaje en calles congestionadas.
Para muchos habitantes del municipio más densamente poblado del Estado de México, el incremento tarifario no se ha traducido en mejoras perceptibles. Las principales avenidas de Nezahualcóyotl siguen convertidas en corredores de combis, microbuses y camiones que avanzan lentamente entre embotellamientos permanentes.
Nezahualcóyotl depende casi por completo del transporte concesionado. A diferencia de otras zonas metropolitanas que cuentan con Metro, Metrobús o sistemas de autobuses articulados en mayor proporción, gran parte de la movilidad cotidiana de los más de un millón de habitantes descansa en miles de unidades concesionadas que conectan colonias con estaciones del Metro Pantitlán, Guelatao, Santa Martha y La Paz.
Avenidas como Pantitlán, Chimalhuacán, Adolfo López Mateos, Bordo de Xochiaca, Texcoco, Vicente Villada y Cuarta Avenida concentran diariamente una enorme cantidad de vehículos de transporte público.
La consecuencia es visible todos los días: largas filas de unidades detenidas afuera de las bahías, ascenso y descenso en doble fila, invasión de carriles y una circulación lenta que afecta tanto a pasajeros como a automovilistas o bien conductores que aceleran a todo lo que da su unidad para ganar pasaje.
“Es común diario ver a dos micros echando carreras aquí en la Avenida Texcoco, van como locos para ganar pasaje. Se pasan los topes, rebasan por la izquierda, por la derecha y es un peligro constante.
“Hay lugares donde tienes que correr para pasar la calle porque se te avientan, además están en muy mal estado, se les van cayendo los asientos, otros ni luz tienen. Son los de la ruta que va del Metro Puebla a Las Águilas, o las combis de La Floresta al Canal de San Juan”, expresó Miguel Canto, vendedor de carnitas sobre la Avenida Texcoco.
Cuando se anunció el aumento tarifario, transportistas argumentaron que los recursos permitirían renovar flotas, mejorar el mantenimiento y ofrecer un servicio más seguro.
La Secretaría de Movilidad estatal autorizó el incremento bajo la premisa de que las empresas y concesionarios debían avanzar hacia una modernización gradual del servicio.
No obstante, usuarios señalaron desde el inicio que las condiciones reales del transporte no justificaban el aumento. Entre las principales quejas destacaban.
“Unidades antiguas y en mal estado. Sin vidrio en las ventanas, puertas que no abren ni timbres. Las unidades parecen cochineros. A veces hasta te da comezón y no sabes si llevan pulgas. Me tocó una en Avenida Bordo que olía a orines”, expresó Fabiola Castillo, de 46 años y quien trabaja en la Ciudad de México.
Otros, señalan la falta de mantenimiento mecánico, operadores sin capacitación adecuada e inseguridad y robos, así como sobrecupo en horas pico y falta de accesibilidad para personas con discapacidad.
“Es un peligro viajar, en cada semáforo permiten que se suban a venderte dulces o cosas así, te dicen que acaban de salir del reclusorio y te venden chucherías, la verdad da miedo porque si no les compras te ven feo y hasta te atracan y eso lo permiten los choferes. Dejan que se suban hasta drogados. Además, van con su música a todo volumen y ni siquiera escuchan cuando les tocas el timbre. Si tienen para poner bocinas, pero no para arreglarlos”, mencionó Toño, un hombre de la tercera edad que debe tomar el transporte para ir a su clínica en Los Reyes La Paz.
Especialistas en movilidad urbana han señalado reiteradamente que el problema del oriente mexiquense no radica únicamente en la tarifa, sino en un modelo basado en concesiones fragmentadas donde decenas de rutas compiten entre sí por pasajeros, generando incentivos para prácticas riesgosas y poco eficientes.





